Mi nombre es José Bacigalupo, y desde muy joven sentí que no encajaba del todo en el molde que nos enseña la sociedad. Mientras otros soñaban con títulos, carreras o cosas materiales, yo me hacía preguntas que me llevaban hacia adentro:
¿Quién soy? ¿Por qué estoy aquí? ¿De dónde venimos realmente?
Nací en Ecuador, en un entorno lleno de naturaleza, a los pies del volcán Cotopaxi, una tierra viva que guarda la sabiduría de los pueblos ancestrales. Desde niño estuve rodeado de ceremonias, historias sagradas y silencios que hablaban más que las palabras. Ahí comenzó una búsqueda que, sin saberlo, marcaría mi camino.
A los 17 años, durante un viaje a Tierra Santa, algo sucedió. Estaba en Jerusalén, cuando al tomar una fotografía, apareció una nave de luz sobre el horizonte. No fue un accidente ni un evento casual. Fue una experiencia que me atravesó por dentro, como si algo que había estado dormido en mí, de pronto despertara. Sentí que esa nave no venía de “afuera”, sino que activaba algo muy profundo dentro de mí. Desde entonces, nada volvió a ser igual.
Años más tarde, encontré en YouTube un video de un avistamiento ocurrido en Jerusalén en 2011. La nave que aparece en esa grabación descendía justo sobre el mismo lugar donde yo había tomado mi fotografía. Al verla, sentí una emoción indescriptible: el movimiento de esa luz era casi idéntico al que experimenté años después durante uno de mis primeros contactos conscientes en la Misión RAMA. Fue como cerrar un ciclo, como si todo estuviera conectado desde siempre y solo necesitara que yo lo recordara.
Ese video no fue una simple coincidencia. Fue una confirmación. Una señal más en este camino lleno de sincronicidades, donde cada paso abre una nueva puerta hacia lo sagrado.
Con el tiempo, comprendí que el verdadero contacto no era simplemente ver luces en el cielo, sino reconectar con uno mismo, con el corazón, con la Tierra, con la red de conciencia que nos une a todos.
Así nació UfoCamping, como una propuesta simple pero profunda: ir al campo, lejos de la ciudad, mirar el cielo, meditar, compartir, abrir el corazón… y permitir que lo extraordinario suceda.
Y sucedió.
Comenzaron a llegar personas de distintos lugares. Algunas sin experiencia previa, otras ya despiertas, pero todas con algo en común: una sensación interna de que hay algo más.
Con el paso del tiempo, los encuentros crecieron y se volvieron cada vez más poderosos. Vivimos juntos avistamientos, meditaciones colectivas, contactos reales… pero también sanaciones profundas, lágrimas de reconocimiento, memorias activadas, y sobre todo, una conexión verdadera entre personas que sentían que se estaban reencontrando después de muchas vidas.
He tenido la fortuna de guiar experiencias en distintos lugares del mundo. No como turista, sino como viajero del alma. Visitando lugares sagrados, activando memorias, y conectando con guardianes invisibles de estas tierras. Cada viaje ha sido un portal. Cada encuentro, una iniciación. Y cada grupo, una familia que se forma sin esfuerzo.
Lo que más me emociona de todo esto no son las naves, ni los viajes, ni siquiera los paisajes (aunque son hermosos).
Lo que más me conmueve es ver cómo una persona se encuentra consigo misma.
Cómo, después de años de búsqueda, alguien mira al cielo, y por primera vez en mucho tiempo, también puede mirarse por dentro sin miedo.
Porque el verdadero contacto no está allá arriba.
Está aquí.
En el presente.
En la respiración.
En el silencio compartido alrededor del fuego.
En la mirada de otra alma que recuerda quién es.
Hoy, después de tantos caminos recorridos, puedo decir con certeza que somos muchos los que hemos respondido al llamado.
Una red viva de semillas estelares, de corazones despiertos, de almas que están aquí para sostener el cambio, para anclar amor, para recordar y acompañar a otros a recordar también.
Este es el propósito de lo que hacemos.
Este es el mensaje detrás de cada campamento:
No estás solo. Nunca lo estuviste. Nunca lo estarás.
La familia estelar está aquí… y empieza por ti.
Gracias por estar leyendo esto.
Gracias por sentir el llamado.
Gracias por caminar juntos.
José